23
de
Noviembre
Su primer chapuzón
Texto de La República: http://www.larepublica.com.pe/content/view/131708/
El pasado fin de semana, 23 niños de Huanta llegaron a Lima para bañarse por primera vez en el mar que les era desconocido. Esta es la crónica de cómo dos ONG hicieron posible que un grupo de infantes concretara su caro anhelo.
Por Luis Arriola.
Fotos: ONG Electralandia.
Su sueño era bañarse en el mar, y la lluvia de Huanta bajó a despedirlos. Dentro de la estación del bus, el profesor Alix Aponte empieza a recitar los nombres de los niños, todos estudiantes de primaria del colegio Clara Castillo Galloso. Antes de subir, los pequeños se despiden de sus padres con timidez, con desconcierto.
–Chau papay, ten cuidado con la mar. –le aconseja el señor Juan Quispe a su hijo Richard.
Su rostro arrugado se humedece cuando abraza a su hijo menor. Él tampoco conoce la capital, pero tiene la esperanza de que cuando Richard regrese le cuente cómo es esa lejana Lima. Por dos días él no lo acompañará en las faenas del campo ni jugará con su perrito ‘Chocolate’.
El ronco sonido del motor avisa que el viaje está por empezar. Ya instalados en el bus, los niños olvidan la tristeza cuando descubren el televisor, y entre ellos murmuran qué película verán esa noche. Sin embargo, lo que más les sorprende es que el bus tiene baño.
1. En el desolado campo, Elisa Laurante dibuja cómo se imagina el mar, que en sus trazos parece una laguna. 2. Los padres los despiden con consejos. Ellos tampoco conocen Lima ni el mar. 3. Los niños quedaron impactados por el olor y el ruido de las olas en las peñas, de la Costa Verde.
Sus padres los llaman desde afuera y los niños asoman sus cabecitas. Pero como esta historia debe ser alegre, con sus manos les dicen hasta luego mientras las ruedas van dejando sus huellas en el piso. La lluvia sigue cayendo y las luces del bus se pierden en la oscuridad huantina. Cuando amanezca, en 10 horas, estarán en la gran Lima, allí donde el mar los espera.
Horas antes de partir, en la comunidad de Ñauñipuqio, le pregunto a la alumna Karina Ñaupa cómo se imagina el mar, y ella lo dibuja como un gran río con cerros. Su imagen más próxima del vaivén de las olas es cuando el viento mueve el maduro y dorado maizal.
Tiene 14 años y estudia en 5to de primaria. Extraña edad para estar en ese grado ante los ojos citadinos, pero muy normal para la gente del campo. Sucede que las niñas son más importantes y productivas en las faenas del hogar, de la chacra, que en la escuela.
En otra comunidad vive Richard Quispe, su compañero de aula, quien tiene 12 años. Para él, el mar es tan azul como el cielo de Huanta y las olas son los cerros, que suben y bajan frente a sus ojos. Además de ir al colegio, Richard ayuda a sus padres en la chacra. Sus manos son gruesas, como si no fueran de un niño; y los dedos de sus pies, que asoman de las ojotas, guardan en sus uñas la tierra del campo.
–Dicen que el mar tiene agua salada. –comenta en su casa de quincha.
Al poco rato llega su vecino y amigo, Brayan Mulio. Su idea del mar se asemeja a la catarata huantina de Aponjay. Esta caída de agua es visitada en verano y en sus aguas los niños del colegio juegan. Brayan y Richard caminan, de lunes a viernes, cada día media hora para llegar al colegio. Por eso afirma que sus piernas son fuertes y en el mar nadará sin problemas.
El menor de los viajeros es Julio Quispe. Tiene 9 años y viaja con su hermana mayor, Rosinelly. A su corta edad es un experto danzante de tijeras. Cuando usa el atuendo salta y se para de cabeza para mostrar su habilidad. En verdad, Julio habla poco. Su alegría la expresa a través del baile que heredó de su padre. Lo único que sabe del mar es que tiene peces.
En Huanta, Julio es un eximio danzante de tijeras que no teme a la gravedad, pero sí siente respeto por el mar. Al lado, las niñas, en cambio, se bañaron con bikinis y sin temor, aun cuando este fue su primer chapuzón marino.
Estos niños son los nietos del terrorismo. Si bien no vivieron los años de la guerra senderista, sus padres les heredaron algunos temores que se esconden en sus silencios. Pero como esta historia debe de ser alegre, prefieren dibujar el mar en vez de hablar. En cartulinas lo pintan enmarcado como piscinas, como lagunas con límites, tan largos como ríos y protegidos por cerros, por donde se asoma el sol.
–¿Te gusta el cielo limeño?
En la entrada del hotel miraflorino, alzan la vista y la mayoría responde que prefiere su azulísimo cielo serrano. Aunque han dormido poco, no tienen sueño. Están ansiosos porque el tour está por
empezar. Al pasar por el Parque Kennedy los niños preguntan a la guía por qué está encerrado. Ella comenta que es para cuidarlo: "La gente bota mucha basura".
Pasamos por varios monumentos de héroes y la guía les pregunta sobre historia y geografía. Sus lentas respuestas reflejan desnutrición, denuncian que el mote sin carne, con papa y oca sancochada solo llenan estómagos pero no dan energía para estudiar. Como en secreto, luego el profesor Alix comentará que muchos niños del campo asisten al colegio solo por el vaso de leche y los panes que reciben.
Enrumbamos por la Vía Expresa y la guía pregunta si quieren cantar. Una niña se levanta y su voz nos deja callados:
"Por cinco esquinas están, los sinchis entrando están/van a matar estudiantes huantinos de corazón/van a matar campesinos huantinos de corazón/amarillito amarillando flor de retama…"
Los demás niños aplauden y siguen la letra. No cantan tristes, cantan sonriendo. Pero como esta historia debe ser alegre, otra niña pide el micrófono y canta "Enséñame" del grupo RBD. Sus compañeros vuelven a aplaudir con frenesí.
El bus se inclina en la bajada de la Costa Verde y el lejano olor marino aumenta su ansiedad. El camino desciende, pero ellos se levantan de sus asientos para verlo. Pegan sus rostros a las frías lunas y con sus dedos señalan a los surfistas. No comprenden cómo pueden deslizarse sobre las olas.
Ya en tierra, sienten el maretazo de su verdadero olor. El aroma los deja callados y también el ruido de las olas chocando con las piedras. Pero no basta con mirarlo, quieren sentirlo y corren a tocarlo. Entonces descubren que sus dibujos, en donde el mar tenía limítes, eran un espejismo.
Algunas gaviotas sueltan sus graznidos en el horizonte. En la orilla, la primera en mojarse será Karina. Con valentía, se saca las zapatillas nuevas que ha recibido, las medias, el buzo, el polo, y con su ropa de baño va al encuentro del agua. Pone sus pies en la espuma, luego otra la imita hasta que los chicos también se animan.
El miedo se va diluyendo en el agua salada y los más osados abandonan la orilla para explorar más. Sus pantorrillas, rodillas y muslos son lentamente acariciados por el frío oleaje. Un chapuzón por aquí, otro por allá. La sal entra a sus ojos, se los soban por el ardor, pero la diversión puede más. Saltan sobre el mar, como bailando huainos. Se toman de las manos y zapatean como en las fiestas patronales, gritan y corren y escriben sus nombres en la arena. Hacen piruetas, construyen castillos o pozas, pero el agua los destruye y los vuelven a construir.
Antes que conociera el mar, Brayan lo dibujaba con cerros y en forma de laguna. Luego, cuando lo conoció, descubrió su inmensidad y que el agua era salada.
Julio César, el niño danzante de tijeras, el que vence la gravedad en Huanta, está paralizado. Para su mente de 9 años, el mar es un infinito incomprensible. No se parece a sus lagunas, piscinas y cataratas. Contempla a sus amigos y, pasito a pasito, va entrando con ayuda.
Pero como esta historia debe de ser feliz, el niño moja su pequeño cuerpo y no deja de sonreír aunque tirite de frío. En medio de las olas, esa Lima de horas antes, tan lejana, es ahora tan íntima.
–Asisote venían las olas. Prefiero el río. Y mejor es la laguna porque tiene olas. Huele fuerte la mar. Te jala pa’ dentro. Es grandote - dirán horas después, mientras secan sus cuerpos con toallas.
La brisa marina los despide. Al día siguiente volverán a Huanta a contar a sus padres y a sus amigos cómo es el mar, cómo es Lima. Y cuando crezcan repetirán en la casa y en la chacra estos recuerdos a sus hijos, memorias de aquel fin de semana de ensueño con extraño sabor salado.



